11 mayo 2012

No hay


Federico pone un poquito de azul acá y un poquito de amarillo allá y queda verde en la unión y no le molesta porque justamente eso mismo quiso conseguir. Un poco más de rojo, mezclado con blanco y un poco de amarillo, y ahí está la pierna. Claro, las dosis no son las mismas de un lado que del otro. Tampoco la cantidad de cada color en cada mezcla. Por eso es un poco, primero, y por allá, después un poco más, y por acá. Y así en todas las zonas de ese rectángulo que en ese momento más que rectángulo es el mundo entero. La zona en donde, por ese instante, las preocupaciones sólo lo abarcan a él y a la cantidad de pintura que en una zona debe depositarse según la idea de esa cabeza que lleva a cabo todas las acciones llenas de pasión y alegría. Es un instante. Es el instante. Y en ese instante esa cabeza de ese cuerpo cuyas manos van de aquí para allá, idealiza, se llena de pasión, de entusiasmo. Imagina metas. Imagina llegando a esas metas. Sueña. Se ilusiona. Y piensa Federico, mientras tanto, una pregunta que también pensó otras tantísimas veces en otros tantísimos instantes como ese. 

¿Hay algo más lindo, acaso, que la palabra ilusión? ¿Que lo que la palabra ilusión significa? ¿Hay algo más lindo, acaso, sino, que el término pasión? Y aunque signifiquen cosas distintas cada una, ambas, confluyendo, son los sostenes por los cuales quien persigue con ardor sus sueños, no cae. Incluso, por más utópicos que resulten éstos. Si como alguna vez dijera Galeano, las utopías sirven para seguir caminando, ¿hay algo, entonces, en ese sentido –hace la conexión Federico-, más lindo que el vocablo utopía?

Si la vida es un sueño, por qué no soñar entonces si en los sueños es donde uno más se encuentra a sí mismo. O al menos, en donde las emociones de cada uno alcanzan su punto de mayor intensidad. ¿Por qué no soñar y que la vida toda esté impregnada por ese cénit sentimental? “Lo mejor que tienen los sueños es que se pueden hacer realidad”, obsequió el barón Pierre de Coubertin, impulsor de los Juegos Olímpicos de la era moderna. Juegos, justamente -y que continúan estando aún hoy-, repletos de almas y cuerpos que lucharon y luchan por sus sueños. Al cabo, el fin más universal que tiene la vida: perseguir con galopante palpitar en busca de satisfacer anhelos.

Descubrir esa meta lo cambia todo. Absolutamente todo. Marca una dirección y un objetivo. Así lo sentencia Federico en medio de su apasionante accionar. Sólo resta descubrir aquello que Ken Robinson llama El Elemento, el sitio en donde confluyen las cosas que a uno le encantan hacer con las que se le dan bien. La asombrosa mixtura de capacidad y entusiasmo. Habilidad y pasión. Para perseguir una ilusión, una utopía, un sueño, da lo mismo el término, evalúa, sensato, Federico.

En una extraordinaria charla con un cineasta, el alma de Pep Guardiola habló y gran parte de lo que habló el alma de Pep Guardiola le viene a la mente a Federico. “Sólo tengo una cosa que me imputo: estimo mi oficio. Tengo pasión por mi oficio. Créanme. Lo adoro. Lo adoraba cuando jugaba, lo adoro ahora cuando hablo, lo adoro cuando estoy con gente discutiendo sobre esto o aquello”, dijo el alma de Pep Guardiola, al tiempo que siguió: “Al final todo se reduce a instantes, en cada una de nuestras profesiones y nuestros oficios, todo acaba en un instante. Los trabajos que tenemos siempre tienen un instante que nos satisfacen plenamente. Que disfrutamos, que nos da alegría. La pasión que siento por mi oficio, imagino que es la misma pasión que tienen ustedes por sus profesiones, y toda la gente: médicos, panaderos, doctores, maestros de escuela, albañiles, como era mi padre. Cualquier persona. Llega un momento en sus oficios y yo reivindico ese momento en sus oficios. Yo reivindico el amor a este oficio. Yo amo mi trabajo por este instante”.

Por ese instante en que, al igual que en los sueños, la intensidad sentimental alcanzada justifica todo. El más absoluto de los todos. Por más negativos y desalentadores que sean durante el sendero, considera Federico. Porque ese momento, al cabo, es lo que define a cada uno. Constituye la esencia de cada uno. “Los componentes del Elemento son universales aunque se manifieste de distinta forma en cada uno”, insiste Robinson. El Elemento es aquello que descubrió Pep Guardiola y que le permite desbordarse de entusiasmo cuando piensa en él. Porque no se imagina haciendo otra cosa alejado del fútbol. Allí está su habilidad y allí está su entusiasmo. Su pasión. Allí es donde sueña cada día.  

“Aquel momento es el que le da sentido a mi profesión. Y entonces podrán decirme: ¿Es suficiente? ¿Es poco? ¿Es mucho? Es lo mío. Es lo que me corresponde. Es esta pasión (aprieta el puño) que no sé donde la agarré. No sé de dónde viene. Pero tengo esta pasión. Y la tengo ahora como la tenía cuando era pequeño, y que me llevó al pueblo para competir. Y me pueden preguntar, de dónde vino esta pasión, y no lo sé, pero me ayudó muchísimo”, continuó Guardiola antes de sugerir, sincero, potente, esperanzador: “Y no olviden nunca que si nos levantamos muy muy temprano, sin reproches ni excusas, y nos ponemos a trabajar, somos imparables. Créanme que somos imparables.” Y esa meta que aparentemente es utópica, finalmente se verá, piensa en medio de su ardor Federico, que no es tal. Y si así lo fuese, de todos modos, se agradecería nuevamente la existencia del vocablo utopía, porque permitió caminar con hondo placer en búsqueda de ese sueño -siempre distinto en cada uno- que le dio sentido al andar. 


Por eso, mientras los pelos del pincel dejan su carga en el lienzo y mientras Federico piensa, llega a la conclusión de que no cree. De que no cree que haya, de verdad, términos algunos más bellos y reconfortantes que las palabras ilusión, pasión y sueños. O que le digan a Federico, sino, dónde encontrar algo más lindo. Él ya concluyó, certero e inapelable, que sencillamente no. No hay.

02 mayo 2012

El mejor lector

Pan, queso, pan, queso, pan… Si ese hombre se hubiese encontrado en una de esas típicas situaciones utilizadas en el fútbol informal para la elección de los jugadores, hubiera sido elegido, de seguro, en último lugar. Claro está, si los encargados de la confección de cada bando jamás lo hubieran visto jugar. Porque sino...


Parecía una burla al principio, cuanto menos, era extraño. Un chiste, no de mal gusto, pero sí de nulo efecto si efectivamente de eso se trataba. Pero no, para nada, no se trataba de ninguna broma. El tipo entregaba, cómo decirlo, todo menos pinta de futbolista. Por eso un poco era entendible el descreimiento a la necesidad de su presencia. Un jugador que venía actuando con no mucho éxito en varios clubes de la B de Italia era seleccionado por el mismísimo entrenador italiano Victorio Pozzo para disputar los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. El hombre, bajito y de flaca figura, para colmo, se ayudaba además por dos grandes vidrios para ver las cosas que habitaban en el mundo. Así, este enclenque y cuatrochi sujeto era la gran novedad de la escuadra azzurra. Pero Pozzo estaba seguro de la citación de Annibale Frossi para ese equipo que venía de ganar, por si fuera poco, los Mundiales de Italia 1934 y Francia 1938. 


Nacido un 6 de agosto de 1911 en Muzzana del Turgano, un pequeño pueblo de la provincia de Udine, Frossi sufrió desde una edad muy temprana de miopía, la cual corrigió, desde luego, con las potentes gafas que lo harían reconocido. Comenzó su carrera de futbolista en 1930 y en la tercera categoría en Udinese, club con el que logró acender a la serie B y donde contribuiría, también, para la salvación en la próxima temporada. Tras desvalorizar sus piernas por Padua, Bari, El Águila y Ambrosiana, es descubierto por el propio Pozzo en 1936 y llamado para los Juegos en la tierra en donde Adolf Hitler aún no habría de imponer su máximo terror.

Pequeño tal vez de cuerpo, pero rebosante de ilusiones, Frossi aceptó con mucho entusiasmo y a Berlín se dirigió nomás para mostrar su fútbol no obstante los prejuicios que desprendía su imagen. El 3 de agosto, en el debut de la competencia, Frossi convirtió el único gol con que Italia derrotó a Estados Unidos ante 9 mil espectadores y clasificó hacia los cuartos de final, instancia en la que cuatro días más tarde, volvería a completar una gran actuación, siendo el autor de tres tantos en la victoria ante Japón por 8-0. «Hat-trick» escribirían las crónicas de hoy. Ya en semifinales, Italia debía enfrentarse ante Noruega en un duro duelo. Un gol de Negro a los 15 minutos, ponía en ventaja a los de la Península, pero Brustad empató para Noruega llenando de suspenso al partido. Tal la lógica de este escrito, el héroe que desatara la igualdad no podía ser otro más que Frossi, y así fue que al minuto 96, el de irrisorias gafas (irrisorias por el contexto en el que fueran usadas) anotó el 2-1 final.


Para el encuentro por la medalla de oro, finalmente, el otro equipo clasificado era la poderosísima Austria de aquellos años, denominada en el ambiente de la pelota como «Wunderteam» por su atildado y virtuoso juego. Pese a los pronósticos, el equipo italiano no se amedrentó y salió a jugar en el Estadio Olímpico de Berlín y ante 85 mil espectadores con afán victorioso. Y otra vez se recurre al razonamiento del lector, nuevamente se repite la previsibilidad anterior: no, claramente no cayó Italia. El 15 de agosto se impuso por 2-1 con dos goles de nuestro protagonista. El segundo, además, fue en tiempo suplementario para que la gloria fuese aún mayor. Anotando en los cuatro partidos y alcanzando una cifra final de 7 tantos, Frossi fue el goleador y la figura de aquel Juego al que arribó ante las miradas incrédulas y prejuiciosas. La suya, al cabo, fue otra demostración más de que el fútbol, más que físico o imagen, es talento. El flaquito miope, luego de su consagración, se fue al Inter de Milán para contribuir con sus goles y ganar los sccudetti de 1938, 1940, y la Copa de Italia de 1939. Está claro, la mayor virtud de Frossi fue, a lo largo de su carrera, su gran lectura del juego.

25 abril 2012

La fuerza de una idea


Feliz y contento está Sebastián aunque camine por las calles y las tapas de los diarios le indiquen que no tiene motivos para estarlo. Feliz y contento está Sebastián aunque el Barsa haya perdido y se haya quedado afuera de la Champions League. Paradójicamente está feliz Sebastián y así camina contento con la fuerza intacta en sus ideales. Estos, tal vez, incluso, reforzados, para que la contradicción parezca aún mayor. Pero no. Nimiedades, piensa. Nimiedades son esas razones, esas realidades que supuestamente deberían alterar su ánimo. No. Sebastián está feliz y contento y así camina porque mayor a esa desazón apenas deportiva, es el orgullo que siente por una idea. Una idea en la que comete el riesgo, incluso, de sentenciar como verdad, de que el fútbol es un juego y como tal, se lo juega. Por eso, imperturbable, feliz y contento pasea sus pies y sus ojos ante las portadas y portales negativos llenos de comentarios exitistas que antes solían irritarlo tanto pero que ahora no, porque ayer, piensa Sebastián, jugó el Barcelona, y con ese juego a jugar del Barcelona, cómo va a depositar sus energías en otra cosa que no sea regodearse de ello. Y flota en una realidad paralela en donde el fútbol es reivindicado con la más absoluta potencia. Feliz y contento flota ahí Sebastián, absorto de cualquier otra cosa que no tenga que ver con la alegría que ese Barcelona que ayer jugó a jugar, le despierta tan intensamente. Y no se transporta Sebastián a ese otro universo de plenitud como una forma de escudo. No. No se transporta para no embroncarse ante tantos rumores de abandono de ese DT que en una conversación con un cineasta decidió rescatar la palabra ‘lúdico’ por notarla altamente ausente. No. Sebastián se transporta por el mero impulso de quien ve una luz y va a esa luz porque la luz con su brillo lo llama. Y esa luz es el Barcelona. Ahí se refugia Sebastián y por eso camina por la calle así -por más extraño que resulte ante la noticia que las portadas entregan- feliz y contento.    

15 abril 2012

¿Cuándo la pasaste tan bien?



Fulgurantes y potentes, los rayos del sol alumbran tu cuerpo en movimiento en este mediodía de sábado sin olvido. Dotan de un brillo especial la gracia siempre natural de tus gestos sinceros. La gracia de ese gesto tuyo de sacarte desenfrenado la camiseta roja, roja como Independiente mismo, roja como la garganta tuya y roja, también, como la garganta de los tuyos. Te la sacás, desenfrenado, desbordado por la alegría propia de quien rubrica un resultado que además es fiesta e ineludible disparador de otras múltiples alegrías más. Te la sacás y la mostrás. La compartis. Volteada y estirada para que se vean completos el blanco 1 y el blanco 0 estampados en esa tela que los fulgurantes y potentes rayos del sol alumbran en este mediodía de sábado sin olvido.

Lo mostrás y la gente tampoco olvida lo que ese número significa, y las lágrimas ya no se sabe si son por el número en sí, por la simpatía de tu festejo, por tu gol que cerró esta fiesta, por la fiesta misma y entera o por todo eso junto, por Independiente y por Racing. Ese pobre Racing que también te ve corriendo bajo el espectacular escenario que la intensa luminosidad del día, del suceso, de tu golazo, de este 4-1 final y eterno, conforman casi inmejorablemente. Ya está, gritalo, revoleá la camiseta cual poncho de Soledad se tratara, comete esa amarilla que injustamente el reglamento ordena en detrimento de los que celebran con pasión y seguí sonriendo, en eso no pares nunca, feliz bajo los abrazos y las veraces palmeadas que tus compañeros te obsequian con la misma alegría que la tuya. Porque es igual en todos.

Y no pensaste en Racing ahí, según lo que uno piensa al verte así, seguro que no; allá ellos, habrás pensado y bien, allá ellos con sus problemas, con su eterno karma de ver a un diez del Rojo en alzas, cantando, desencajado y con envidiable entusiasmo. Allá ellos, habrás pensado y bien. Al cabo, habrá sido el certero razonamiento, las chicanas vendrían luego. Ese era tu momento para festejar, tu momento para cobijarte y recibir los brazos abiertos del Mariscal y esconderte bajo la máscara de un Diablo, roja y bien roja como tu garganta, como la tela que cubre torsos y te quitaste para flamearla al son del movimiento adrenalínico de tu muñeca izquierda. Era tiempo para eso y nada más. Allá ellos y allá el tiempo, pues esos segundos y minutos, yo sé que no podés mentirte, tranquilamente hubieses deseado que duraran para siempre. Decime, sino, ¿cuándo, en serio cuándo, la pasaste tan pero tan bien? Así estuviste, entonces, bajo los fulgurantes y potentes rayos del sol en ese mediodía de sábado sin olvido. Siendo feliz.   

23 enero 2012

El Flaco Juan y la vocecita interna


El Flaco Juan se decepciona y se amonesta por haber pensado que quizás esta vez no iba a ser igual la cosa, que esta vez quizás iba a cambiar, porque había llegado un nuevo entrenador y entonces en esa nueva cabeza que arribaba descansaba una esperanza de que la metodología también fuese nueva, pero no, el Flaco Juan se equivocó y por eso se amonesta, al tiempo que confirma que al final la cosa es siempre igual. Llenar el bolso, subirse a un micro y partir para la costa a realizar eso que tanta importancia le dan los entrenadores: la pretemporada, la etapa del año en donde el sudor y los jadeos reinan, y los botines descansan junto a las pelotas, aquellos elementos que hacen que el fútbol sea fútbol y no otra cosa.

¿Y por qué a la costa? En eso piensa el Flaco Juan sin entender mientras inhala y exhala y el entrenador allí en la arena le dice a él y a todos sus compañeros que sigan corriendo, que mantengan el ritmo porque todavía faltan tres horas más de ese mismo esfuerzo, y entonces a no aflojar porque aunque cueste y sea pesado tienen que saber que es un “trabajo útil” para luego jugar bien en el campeonato. Y ese “trabajo útil” se toma su primera víctima y el Flaco Juan observa cómo cae el primer “soldado” que no pudo seguir soportando más tamañas cargas. El Flaco Juan sigue corriendo porque eso mismo es lo que le dice el entrenador, a él y al resto de sus compañeros que amagaron con frenar. Inhala y exhala el Flaco Juan mientras de reojo ve al médico del plantel hablando con el caído y el Flaco Juan entiende que el físico no le dio más, pero luego sabe, porque una vocecita interna se lo va revelando, que lo que lo hizo parar al caído más que nada fue su propia naturaleza de jugador que, encerrada estaba dentro suyo, y en ese mismo momento afloró con todas sus ganas, rogando y suplicando con desgarradores gritos para que por favor parara con ese tormento de nulo sentido futbolístico y ahí, no terminase de morir del todo.

El Flaco Juan sabe que fue eso porque enseguida lo ve recuperado pero simulando (lo conoce bien) ante el médico, una distensión muscular en la pierna derecha. Por eso y porque a él también una vocecita interna le va pidiendo lo mismo, que no sigas con tamaña payasada, que vos no sos atleta, le dice la voz al Flaco Juan, que lo que vos necesitás es tocar y jugar con la pelota porque lo que vos hacés es jugar, le dice la voz, no correr una maratón o unos 100 metros. Todo eso le dice al Flaco Juan la voz interna al mismo tiempo que la voz externa, la del entrenador, insiste en que mantenga el ritmo y en que aguante porque todavía faltan tres horas más de ese mismo esfuerzo.

Y una lucha de decisiones se le presenta en su cabeza. Porque el Flaco Juan está casi seguro de que va a obedecer a esa vocecita interna y no a la externa, porque encima la primera le desliza cosas sensatas. Él sabe que es un jugador y es lógico asimismo que para jugar mejor lo que haya que hacer es jugar. En eso piensa el Flaco Juan cuando se da cuenta de que aquellas cargas que el DT le pide aguantar porque todavía faltan tres horas más de las mismas, no conducen a nada. A lo sumo para correr mejor en la arena, pero a él qué le importa luego correr mejor en la arena. Y se acordó de que ayer tuvieron que correr tres series de 400 metros en la pista del predio y le surge nuevamente la pregunta del para qué, si él tampoco quiere participar en la Olimpiadas. Y a ver, que alguien también le explique por qué encima está cargando una mochila con pesas. Salvo que haya cambiado la reglamentación en FIFA y ahora haya que jugar con esos elementos en los partidos porque sino no entiende el Flaco Juan. No entiende nada de lo que está pasando ahí el Flaco Juan y envidia la fortaleza que tuvo el que simuló la lesión para salvarse del innecesario suplicio y mantenerse fiel a la verdad que ahora también se la reveló a él la vocecita interna que tiene todo jugador, acallada a veces, dormida, por tantos embaucadores con el cargo de DT que consideran “útil” eso que el Flaco Juan no entiende.

Pasa al lado suyo el entrenador y luego de volver a insistir en el pedido de aguantar, se hace el indulgente y los consuela con que a la tarde, o dentro de unos días, aparecerá la pelota, pero que primero hay que trabajar el físico. Y el Flaco Juan se alegra un poco pero emerge otra vez la naturaleza del jugador, la vocecita interna que le trae verdades y, si bien ésta pondera la manifestación del instrumento máximo, no le termina de cerrar lo otro, porque está muy bien que aparezca la pelota pero por qué a la tarde, o dentro de unos días como anunció el entrenador, le dice al Flaco Juan la vocecita interna que le trae verdades. ¿Qué es esa ridiculez de que primero hay que trabajar el físico para luego, sí, poder tocar el elemento que hace que los jugadores sean jugadores? Y ni que fuera gordo, evalúa el Flaco Juan, o mantuviese secuelas de un problema hormonal que hubiese tenido de chico. Si encima él nunca escuchó, piensa mientras el Flaco Juan, de un escritor que antes de poder escribir tuviera que peinarse o vestirse bien, ambas cosas importantes como también escucha por parte de su entrenador que trabajar el físico es importante, pero que nada tienen que ver aquello con escribir, como lo segundo, nada tiene que ver con jugar, según le revela al Flaco Juan la vocecita interna que le trae verdades.

Por qué, también, está viviendo eso, si encima hace poco había escuchado que su entrenador admiraba al Barcelona, y elogiaba también a Mourinho, y al Flaco Juan le habían contado unos amigos que ni el Barcelona ni Mourinho eran afines a esa ridiculez que a él le toca soportar de estar cargando una mochila, corriendo en la arena y saltando sogas mientras un aparatito le mide el nivel de sodio en el cuerpo. Entonces se decide el Flaco Juan a imitar a su compañero que simuló una lesión para, al menos, parar por ese momento y “recuperarse” luego cuando toque jugar , mas enseguida se arrepiente porque él buen actor no es, se van a dar cuenta de inmediato y flor de castigo se va a comer. Pero así no puede seguir, se dice convencido el Flaco Juan, plenamente consciente de lo innecesario que le están haciendo tener que realizar y aguantar porque todavía, dijo el entrenador, faltan tres horas más de ese mismo esfuerzo. ¡Esfuerzo al pedo!, se enoja el Flaco Juan. Y se enoja por ese desgaste inútil pero más también por lo cobarde que está siendo él de no levantar la voz para acabar con esa farsa a la que la vocecita interna que le trae verdades le sacó la careta. Es cobarde y lo sabe, pero también piensa el Flaco Juan que tal vez no convenga rebelarse, en ese caso, en defensa de lo verdadero, porque puede que si lo hace, tal vez, también lo limpien o, lo que es peor, tenga que soportar todavía más cargas de esas que el entrenador le pide que aguante. Y así se quedaría sin esa escasa ración, pero ración al fin, de fútbol que le promete el entrenador mientras intensifica su pedido de no aflojar. Inhala y exhala el Flaco Juan y obedece resignado lo que le pide ese infeliz que no sólo lo hace tener que pasar por ese suplicio, sino que encima lo está despojando, le está sustrayendo, aunque él antes no se diera cuenta, su propia esencia, la autenticidad de sentirse un jugador que juega, para convertirlo, en cambio, piensa el Flaco Juan, en un soldado que corre y mientras aguanta acata las ordenes de su entrenador que así lo considera.

La voz interna que le trae verdades al Flaco Juan se reniega a morir y le suplica nuevamente al Flaco Juan que claudique en la lucha, y que si teme enfrentarse solo ante el entrenador que al menos lo hable con los compañeros para que así, con más fuerza, más voces busquen que el sentido común, la naturaleza del jugador y la verdad triunfen. Y sí, así puede ser, sonríe el Flaco Juan cuando de repente un estridente pitido le revienta el tímpano izquierdo y resuena en seguida la voz de general que le recuerda su posición de subordinado, aquella en la que tanto ayudó a crear la prensa: “¡¿En qué piensa, Morales?! Deje de retrasarse, y ¡vamos corra, corra, corra, que después no le ganamos a nadie!”. Para que termine de enmarcarse así, la triste realidad del futbolista. El jugador que no juega.        

El Flaco Juan se decepciona y se amonesta por haber pensado que quizás esta vez no iba a ser igual la cosa, que esta vez quizás iba a cambiar, porque había llegado un nuevo entrenador y entonces en esa nueva cabeza que arribaba descansaba una esperanza de que la metodología también fuese nueva, pero no, el Flaco Juan se equivocó y por eso se amonesta, al tiempo que confirma que al final la cosa es siempre igual. Llenar el bolso, subirse a un micro y partir para 


El Flaco Juan se decepciona y se amonesta por haber pensado que quizás esta vez no iba a ser igual la cosa, que esta vez quizás iba a cambiar, porque había llegado un nuevo entrenador y entonces en esa nueva cabeza que arribaba descansaba una esperanza de que la metodología también fuese nueva, pero no, el Flaco Juan se equivocó y por eso se amonesta, al tiempo que confirma que al final la cosa es siempre igual. Llenar el bolso, subirse a un micro y partir para

30 diciembre 2011

"Dayro Moreno quiere venir a Independiente"

Cuentan que está dispuesto a ceder en lo económico. Que anhela, que quiere, que desea y espera poder jugar en Independiente. Y eso es un punto a favor. De concretarse, lo más posible es que sea a préstamo. De Dayro Moreno se trata, el colombiano que juega (¿jugaba?) en Tijuana de México, donde se encuentra Antonio Mohamed como DT, y sueña con arribar a Avellaneda ya que el Turco no lo tendría en cuenta (habría que averiguar por qué).

El representante del jugador, Marcelo Ferreyra, expresó en una entrevista a De la Cuna al Infierno: "Me reuní con el presidente y me pidió exclusividad en la negociación y se la dimos. Dayro quiere venir a Independiente. De no haber imprevistos creo que Dayro llegará a Independiente. El nuevo presidente me dejó una muy buena impresión".

De 26 años, Moreno es un jugador que cuenta con una gran velocidad física. Juega en la Selección colombiana como delantero (por el centro o acompañando a un faro) o carrilero, le pega bien con las dos piernas y explota muy bien la virtud de la sorpresa. "Puede aparecer por cualquier lado”, aseguró el representante.

Roman Exquisito


MONTENEGRO 10

MONTENEGRO  10